
Raúl es sobresaliente ganando la espalda al adversario, muy listo en la segunda jugada, tiene intuición, llegada y definición en un toque. Dentro de un equipo técnicamente portentoso, si el número de toques aumentaba, su fútbol es deficitario. Tiene un déficit de calidad que se hace muy evidente en momentos en los que psicológicamente no está considerado (por él mismo) poderoso.
La ausencia de espacio o la crítica desconocida hacia él tiene una repercusión brutal en su principal cualidad: la determinación. Sin ella, Raúl se convierte en un jugador que baja a dos cuartos, que juega fácil a no perder balones y que rehuye el juego en tres cuartos. Su juego intenta que el aficionado vea más su esfuerzo que su fútbol. Al disminuir la fortaleza psicológica, ha perdido la determinación.
Raúl no tiene otro registro, no puede sobrevivir a las circunstancias porque no tiene la calidad técnica de Guti, ni puede vencer a la crítica con otro tipo de fútbol. Raúl no tiene uno contra uno, ni es extraordinario en el último pase. Todos los que lo vieron en su etapa juvenil, saben que si hablamos de talento innato debemos recurrir a José María Gutiérrez.
El capitán blanco es limitación, pero también ejemplo de inteligencia y de mezcla. El siete es un jugador que, a nivel táctico, busca leer el partido. Si el partido no va con el toque, tira dos pelotazos y busca juego directo; si el contrario es superior la consigna es máxima voluntad, máximo esfuerzo, achica agua si fuera necesario.
El siete merengue es una especie en extinción. El mejor estado para competir es en el que confías en tus posibilidades pero sabes que si te duermes vas directo al banquillo y el equipo no va a sufrir. Eso te mata. Si te sientes indiscutible y tu carrera ha tocado techo, es frecuente perder la tensión ya que tiene la experiencia necesaria para dosificar.